Chile despertó

Por Natassja de Mattos

Creíamos que era difícil despertar a Chile.

En 30 años logramos hazañas notables: en 2006 fue Revolución Pingüina, en 2011 el Movimiento Estudiantil, en 2012 el movimiento de Aysén y este año, 2019, la histórica marcha nacional por el 8 de marzo, Día Internacional de la Mujer. Pero en octubre desbordamos lo posible. Para el viernes 25 espontáneamente se convocó a #LaMarchaMásGrandeDeChile y, frente a nuestros ojos perplejos, fue así.

Vivíamos enredados en las discusiones de la decepción. Hacíamos catastros y diagnósticos en que sabíamos del abuso, pero nos invadía la impotencia del “nadie hace nada”. Pensábamos que las chilenas y chilenos preferían quedarse cómodamente mirando cómo nos desmantelaban los sueños y pavimentaban la desigualdad social. Estuvimos todo este tiempo de acuerdo en que el sentimiento era terrible y nos consolábamos con salvavidas mediocres, diciendo, por ejemplo, que teníamos realmente muy pocas herramientas a la mano para cambiar algo. Con resignación nos disponíamos a seguir adelante, siempre con algún sofocado grito en la garganta, “¡Que se acabe Chile!”, “¡Que arda todo!”.

El viernes 18 de octubre por la noche quisimos llorar y reír. Estaba pasando, estaba ardiendo todo. Nos aquejaba la quietud, la perplejidad y la emoción, escuchábamos a Piñera o a Chadwick, nos bombardeaban de registros con rojo fuego, una estación de metro, un edificio… Tocamos cacerolas sintiendo que no servía de mucho, pero lo hicimos. Escuchamos decretarse Estado de Excepción y nos miramos en silencio, incrédulas, incrédulos. Vimos con amargura a los milicos tomarse las calles de nuestra ciudad y vimos caer el primer toque de queda desde la dictadura militar.

Así transcurrió una semana. Entre la realidad y la ficción, entre la historia y el relato.

El sábado 26 de octubre despertamos en un Chile donde “todos hemos cambiado”, como dijo Piñera en su cuenta de Twitter después de ver, quizás desde dónde, que la noche anterior Santiago estuvo de punta a punta, de ciudadana a ciudadano. Ocupamos la calle desde Manuel Montt hasta el Palacio de La Moneda y más. Minuto a minuto la cifra se inflaba hasta que pudimos decir, con ojos rojos, llorosos e inflamados, “Cabras, somos más de un millón de personas”.

De todas las consignas, la más verdadera sigue siendo “Chile despertó”. Después de 30 años de ver cómo nos pasaba la vida por encima en un sueño casi lúcido, un día nos topamos con la última risa. Una nueva forma de estructurar la tarifa de la Red de Transporte Público Metropolitano, significando un aumento en los pasajes. Por suerte el sueño no era tan pesado en las y los estudiantes, quienes bien pensaron “el que ríe último ríe mejor” en forma de evasión masiva. Una vez más nos daban cátedra y nos despertaron, al fin, a todas y todos.

El alza de las tarifas no es el problema, sí lo era el gesto: Si podemos distinguirlos entre quienes pueden pagar una ISAPRE a precios altísimos y quienes no; si podemos tomar el dinero que ganan con su propio esfuerzo y hacer lo que queramos con él para luego devolverlo sin dignidad; si podemos hacerlos pagar durante todas sus vidas por recibir educación; si podemos contaminarlo todo para producir más; si podemos dejar que el costo de la vida sea abordable solo para algunas personas; si podemos hacerlos trabajar 45 horas semanales por un sueldo que hace que no valga la pena vivir; podemos también, sin duda, cobrarles más por los pasajes. Si no hacen mucho por todo lo anterior, qué tanto podrían hacer por algunos pesos más en transporte.

Y es que “colmar la paciencia” es un punto de no retorno. No importan las reformas anunciadas el miércoles 23 de octubre por el Presidente Piñera. Porque no basta con eso. Porque ya entendimos el problema y vemos con claridad que un subsidio estatal en nuestras pensiones o sueldos -que además no proviene de una reforma tributaria o la nacionalización de nuestros propios recursos- no es suficiente ni se acerca a serlo.

Creíamos que era difícil despertar a Chile y ahora espero que nos parezca difícil volver a dormir. Nos indigna cada vez que desde el gobierno hablan de volver a la normalidad y depende de nosotros que eso no pase hasta que logremos un cambio estructural, que no es otra cosa que una nueva Constitución para el pueblo de Chile. Una que nos de la dignidad que nos merecemos y de una vez por todas se termine la dolorosa herencia de la dictadura militar. Que nos ayude a no volver a ser suspicaces cuando hablamos de nuestra democracia y logremos que finalmente llegue la alegría que se nos prometió hace 30 años. Nos vemos este viernes 8 de noviembre en Plaza Italia. ¡No bajemos los brazos! ¡Arriba las y los que luchan!