Chile despertó

Por Natassja de Mattos

Creíamos que era difícil despertar a Chile.

En 30 años logramos hazañas notables: en 2006 fue Revolución Pingüina, en 2011 el Movimiento Estudiantil, en 2012 el movimiento de Aysén y este año, 2019, la histórica marcha nacional por el 8 de marzo, Día Internacional de la Mujer. Pero en octubre desbordamos lo posible. Para el viernes 25 espontáneamente se convocó a #LaMarchaMásGrandeDeChile y, frente a nuestros ojos perplejos, fue así.

Vivíamos enredados en las discusiones de la decepción. Hacíamos catastros y diagnósticos en que sabíamos del abuso, pero nos invadía la impotencia del “nadie hace nada”. Pensábamos que las chilenas y chilenos preferían quedarse cómodamente mirando cómo nos desmantelaban los sueños y pavimentaban la desigualdad social. Estuvimos todo este tiempo de acuerdo en que el sentimiento era terrible y nos consolábamos con salvavidas mediocres, diciendo, por ejemplo, que teníamos realmente muy pocas herramientas a la mano para cambiar algo. Con resignación nos disponíamos a seguir adelante, siempre con algún sofocado grito en la garganta, “¡Que se acabe Chile!”, “¡Que arda todo!”.

El viernes 18 de octubre por la noche quisimos llorar y reír. Estaba pasando, estaba ardiendo todo. Nos aquejaba la quietud, la perplejidad y la emoción, escuchábamos a Piñera o a Chadwick, nos bombardeaban de registros con rojo fuego, una estación de metro, un edificio… Tocamos cacerolas sintiendo que no servía de mucho, pero lo hicimos. Escuchamos decretarse Estado de Excepción y nos miramos en silencio, incrédulas, incrédulos. Vimos con amargura a los milicos tomarse las calles de nuestra ciudad y vimos caer el primer toque de queda desde la dictadura militar.

Así transcurrió una semana. Entre la realidad y la ficción, entre la historia y el relato.

El sábado 26 de octubre despertamos en un Chile donde “todos hemos cambiado”, como dijo Piñera en su cuenta de Twitter después de ver, quizás desde dónde, que la noche anterior Santiago estuvo de punta a punta, de ciudadana a ciudadano. Ocupamos la calle desde Manuel Montt hasta el Palacio de La Moneda y más. Minuto a minuto la cifra se inflaba hasta que pudimos decir, con ojos rojos, llorosos e inflamados, “Cabras, somos más de un millón de personas”.

De todas las consignas, la más verdadera sigue siendo “Chile despertó”. Después de 30 años de ver cómo nos pasaba la vida por encima en un sueño casi lúcido, un día nos topamos con la última risa. Una nueva forma de estructurar la tarifa de la Red de Transporte Público Metropolitano, significando un aumento en los pasajes. Por suerte el sueño no era tan pesado en las y los estudiantes, quienes bien pensaron “el que ríe último ríe mejor” en forma de evasión masiva. Una vez más nos daban cátedra y nos despertaron, al fin, a todas y todos.

El alza de las tarifas no es el problema, sí lo era el gesto: Si podemos distinguirlos entre quienes pueden pagar una ISAPRE a precios altísimos y quienes no; si podemos tomar el dinero que ganan con su propio esfuerzo y hacer lo que queramos con él para luego devolverlo sin dignidad; si podemos hacerlos pagar durante todas sus vidas por recibir educación; si podemos contaminarlo todo para producir más; si podemos dejar que el costo de la vida sea abordable solo para algunas personas; si podemos hacerlos trabajar 45 horas semanales por un sueldo que hace que no valga la pena vivir; podemos también, sin duda, cobrarles más por los pasajes. Si no hacen mucho por todo lo anterior, qué tanto podrían hacer por algunos pesos más en transporte.

Y es que “colmar la paciencia” es un punto de no retorno. No importan las reformas anunciadas el miércoles 23 de octubre por el Presidente Piñera. Porque no basta con eso. Porque ya entendimos el problema y vemos con claridad que un subsidio estatal en nuestras pensiones o sueldos -que además no proviene de una reforma tributaria o la nacionalización de nuestros propios recursos- no es suficiente ni se acerca a serlo.

Creíamos que era difícil despertar a Chile y ahora espero que nos parezca difícil volver a dormir. Nos indigna cada vez que desde el gobierno hablan de volver a la normalidad y depende de nosotros que eso no pase hasta que logremos un cambio estructural, que no es otra cosa que una nueva Constitución para el pueblo de Chile. Una que nos de la dignidad que nos merecemos y de una vez por todas se termine la dolorosa herencia de la dictadura militar. Que nos ayude a no volver a ser suspicaces cuando hablamos de nuestra democracia y logremos que finalmente llegue la alegría que se nos prometió hace 30 años. Nos vemos este viernes 8 de noviembre en Plaza Italia. ¡No bajemos los brazos! ¡Arriba las y los que luchan!

Bolsa de Género, “el juego de género”

El proyecto se encuentra en la plataforma de crowdfunding Idea.me http://www.idea.me/bolsadegenero, en la que esperamos juntar el monto requerido para producir el juego.

Estamos convencidas de que es posible construir un mundo diverso, inclusivo, tolerante, libre e igualitario. Queremos contribuir en la erradicación de la violencia, la discriminación, la exclusión, la opresión y las injusticias que el patriarcado produce y reproduce. Creemos que es posible avanzar hacia una sociedad menos machista y consideramos que un cambio cultural tan profundo parte con educación, ya sea informal, no formal o formal.

Por eso creamos Bolsa de Género, “el juego de género”, una trivia de preguntas y respuestas sobre género, feminismos y sexualidades que consiste en dos soportes, un tablero impreso en la Bolsa de Género y una plataforma web que contiene preguntas y respuestas.

El tablero tiene dos extremos, una distopía que es un mundo en el que retrocederíamos en términos de diversidad, igualdad, equidad e inclusión, en el que quedaríamos como en “El cuento de la criada” de Margaret Atwood, en que las mujeres quedarían reducidas a su capacidad reproductiva y se volverían ciudadanas de segunda clase o casi esclavas. La idea del juego es ir avanzado hacia la utopía, que es donde queremos llegar. Un lugar de igualdad, equidad, aceptación, ese al que llegaríamos mediante el feminismo, ese mundo por el que hoy luchamos, marchamos y por el que trabajamos. Es un material educativo, es para aprender jugando y empujar ese cambio cultural.

La idea partió hace más de un año. Desde el comienzo fue una trivia educativa sobre género, feminismos y sexualidades, originalmente se trataba de cartas, tres mazos, uno por categoría temática. Sin embargo, este cambió luego de testear con diferentes grupos de personas, surgiendo la necesidad de innovar aún más, tanto en jugabilidad como en soportes.

Para hacerlo más lúdico nació el tablero y considerando la influencia de las TICs  en la educación informal surgió la idea de la plataforma web. Finalmente, para hacerlo más llamativo y creativo usamos el concepto de la Bolsa de Género, donde la bolsa es a la vez el tablero. En un momento que urgen estrategias sustentables, la positiva popularidad de las bolsas reutilizables nos dio esta idea, lo que se potencia con el soporte web, pues se elimina toda impresión en papel.

Si bien todo esto es importante, cuando pensamos en todo el tiempo que hemos invertido en este inédito proyecto, nos referimos principalmente a la investigación que realizamos para redactar las más de 150 preguntas y respuestas con que cuenta el juego. Las fuentes, bibliografía y referencias fueron de relevancia prioritaria en el diseño de Bolsa de Género.

Trae seis botones a modo de fichas, pero la cantidad de jugadores es flexible porque puedes jugar en equipos. Está destinado a adolescentes, jóvenes y adultos, y se imprimirá una edición limitada de las bolsas con tablero en el reverso ($6.000). Pero como el propósito no es lucrar sino educar y del modo más masivo posible, el tablero se encontrará liberado para descarga en la página web para que se pueda acceder desde cualquier lugar.

Bolsa de Género es hoy un prototipo, una idea y un diseño, y es por esto que se encuentra ingresada como proyecto en Idea.me, plataforma latinoamericana de crowdfunding, con la que esperamos juntar los fondos necesarios para su realización (para ver el proyecto ingresa a: http://www.idea.me/bolsadegenero).

A la fecha, hemos realizado conversatorios sobre feminismos y género y asesorías para aprender a identificar y prevenir violencia de género, por ejemplo, mediante contenidos y herramientas de recogida de datos.

Nosotras en general ponemos conceptos, ideas y teorías al servicio de las personas. Las instituciones, grupos y espacios con lo que hemos trabajado,  quieren ser más inclusivos, visibilizar problemáticas de este tipo o generar protocolos de convivencia en torno a género, pero buscan el detalle conceptual o la profundidad teórica para hacerlo. Nosotras ofrecemos ayuda y asesoría para que concreten sus proyectos.

En el futuro, proyectamos seguir creando material didáctico y herramientas lúdicas conforme al mundo en que vivimos. Ya estamos pensando en nuevas ideas y así, si todo resulta con Bolsa de Género, lanzar nuevos proyectos TIC para educar jugando en nuestros temas de especialidad.

Crear Bolsa de Género ha sido muy bonito, hemos podido vincularnos con otras personas, de otras profesiones, que quieren construir el mismo mundo que nosotras. Esto reúne el sentido de lo que hacemos y se relaciona con el nombre de nuestra consultora, “communitas”, definición que hemos reinterpretado para hacer referencia a un instante no planeado en que desaparece toda la desigualdad. Significa que sin haber sido previsto de ninguna manera, se genera un espacio simbólico que reúne a personas que trabajan por un objetivo común, sin ninguna jerarquía de por medio, generando una convergencia, política en este caso, donde codo a codo queremos avanzar en la construcción de una mejor sociedad.

Este 8 de marzo: La Rebelión del Cuerpo como Acontecimiento

Por Natassja de Mattos

Cada 8 de marzo toca una reflexión de un tono particular. Cada 8 de marzo se piensa a las mujeres, se piensa lo femenino y, en la mayoría, se despierta un feminismo, algún feminismo. Es casi imposible quedar indiferente, a pesar de que el capitalismo inventó una forma de indiferencia disfrazada de congratulación. Rosas rojas con tarjeta de feliz día. ¿Feliz día? Que ingeniosos que son, ¿ah?

Lograron convertir un día de terror, abuso y muerte en un día en que todes se dan palmaditas en la espalda diciendo feliz día a todas “sus” mujeres, se les reconoce y da regalos (profundamente sexistas, como flores, joyas, prendas de vestir y un sinfín de posibilidades de servicios o productos de “beauty care”).

Si bien a algunes de nosotres ya nos parece de perogrullo repasar por qué el 8 de marzo es el Día Internacional de la Mujer, creo que por el bien de otres, se hace un aporte al repetirlo cuántas veces sea necesario y recordar que no hay nada que celebrar, que es un día de homenaje y memoria, un día para alzar la voz y justificar una lucha que no acaba.

En este día también me parece importante hacer retrospectivas y rearticulaciones de lucha.

En ese ejercicio se me apareció con potencia algo muy personal. Tan personal que, el 8 de marzo pasado me hubiera parecido que no quedaba del todo bien hacerlo público. Ahora pienso radicalmente distinto, justamente porque aquello muy personal que me pasó este último año fue que, después de mucho, entendí por primera vez qué significa realmente “lo personal es político”.

Ese momento fue un acontecimiento en el horizonte del ser. Fue una transformación absoluta y sin retorno que cambió mi vida para siempre (a lo Badiou, 2004).

Es curioso que de tanto usar y repetir algo, se crea tenerlo entendido y dominado. Yo llevaba años usando esa frase y creyendo que tenía clarísimo lo que estaba diciendo. Conocía su contexto, su origen, sus autoras… Recuerdo muy bien cómo creí entenderlo la primera vez.

No es fácil adjudicar este eslogana alguien en particular. Fue un grito de lucha, fue una consigna, fue colectivo. Creo que lo más justo es hablar de una co-construcción de esta noción por feministas de los 60 que aportaron a la construcción del feminismo radical en Estados Unidos. Es muy probable encontrarlo directa o indirectamente en textos de Germaine Greer, Kate Millet y otras. Pero yo lo entendí (o creí entenderlo) gracias a Chantal Mouffe, cuando hace su distinción entre “la política” y “lo político”. Les que saben de qué hablo comprenderán entonces que lo entendí un poco mal.

Para no entrar en detalles, Mouffe (2007) planteó que “lo político” es una característica inalienable de les seres humanes. Les es natural e intrínseco, es decir, es una característica de nivel ontológico. Esto es: el antagonismo y el reconocimiento (normalmente hostil) de la otredad. Esto asume una naturaleza conflictiva que precisa de deliberación, de diálogo, de acuerdo y concertación. Todo esto en tanto que “la política” es, en cambio, como lo que Kafka decía de las oficinas, una mera estructura de ficción que permite sustentar una idea inventada por les seres humanes. “La política” para Mouffe (2007) son las instituciones, los gobiernos, las oficinas municipales, las constituciones y así.

A la base de comprender “lo político” como lo concibe Mouffe (2007), está la idea de las hegemonías y del ejercicio de un poder que produce distinciones (a lo Ranciare, 1996). Entonces, entendí “lo personal es político” en tanto un grito por exclusión, un reconocimiento de antagonismo producido por la reducción de la agencia femenina a ciertas tareas, su imposibilidad de acceder a otras y la falta de reconocimiento y legitimidad de aquellas tareas que sí les eran dadas de manera casi exclusiva.

Entendí “lo personal” como la condición de las mujeres relegadas al mundo privado y, la declaración de “es político”, como un llamado a reconocer aquel espacio privado como uno de labor tan importante como el público, y además como una exigencia a poder habitar ambos espacios por igual. El yo y la otredad. Una consigna del “yo”: quienes “no tienen parte” y exigen tenerla. Una búsqueda por inclusión sin necesariamente tener que mutar su actividad, pero teniendo la posibilidad de hacerlo, de poder acceder a lo que corresponde a la “otredad”.

Esa fue mi primera comprensión del asunto. Luego vino lo que vino, lo que aquí realmente quiero contar.

Todo partió con #La Rebelión del Cuerpo, y específicamente en el Primer Encuentro Sororo que realizaron en Santiago (aquí me detengo a agradecerles desde lo más profundo de mi cuerpo y alma http://larebeliondelcuerpo.org). Fue ahí, en ese encuentro, donde tuve mi acontecimiento. Y donde supongo y espero que las otras tantas mujeres que había a mi alrededor hayan tenido el suyo o lo hayan traído ya instalado de antes gracias a esta rebelión o alguna otra.

Ahora cuando lo pienso, me parece casi ridículo. No haberlo visto antes.

Toda mi vida nos vi haciendo dietas, algunas muy radicales, algunas muy contra intuitivas, algunas muy desquiciadas… Nos vi cambiando de actividad física de manera frenética como si se tratase de la búsqueda del antídoto contra el cáncer… Nos vi cambiar la forma de nuestros cuerpos de maneras radicales. Nos vi comprando productos con precios irrisorios porque venden alguna promesa de belleza o delgadez. Nos vi contando horas para saber cuándo debíamos comer. Nos vi contando las calorías de lo que comemos. Y un centenar de veces nos vi no comiendo ciertos tipos de cosas a partir de alguna norma no tan sensata. Esto no es todo, es solo una breve lista que intenta retratar la situación.

Y sin embargo, a pesar de todo ese esfuerzo, nos vi sufrir o estar irritadas a casi todas por no tener el cuerpo que queremos/queríamos. Pero no me había dado cuenta de lo que realmente significaba todo eso, de dónde venía todo eso.

Yo recuerdo la primera vez que me hice consciente de este fenómeno. Tenía aproximadamente 10 años. Una niña se río de mí e hizo algún comentario sobre mi cuerpo en un camarín de una piscina. Recuerdo muy bien el desconcierto porque NUNCA había mirado mi cuerpo de esa forma. Nunca había buscado estética en él. Me era absolutamente funcional. En ese momento, por ejemplo, lo iba a usar para nadar y me recuerdo contenta por eso. Pero luego de que esa niña hizo esto, me miré en un espejo y noté un millón de cosas. Tuve un millón de preguntas. Fue como si me hubiese puesto un filtro en los ojos, un filtro que nunca más me saqué. Creo que la próxima vez que tuve que ponerme un traje de baño lloré. Creo que en adelante nadé cada vez menos, hasta que dejé de hacerlo.

Luego vinieron cientos de consecuencias del mismo fenómeno. Comencé a darme cuenta de los modos en que mi mamá escogía su ropa, por ejemplo. Comencé a darme cuenta de la “importancia” de la ropa. Comencé también a darme cuenta de cuánto comía y qué comía. Mi cuerpo, la ropa y la comida se volvieron cosas brutalmente diferentes. Y todo comenzó a traducirse en un instante. Aquel en que me miraba al espejo. Aquel en que veía una foto de mí. Mi reflejo… Mi representación. Lacan (1971) le llamó a ese otre que uno ve en el espejo un “ideal”, por otras razones, claro. Y también comenta que ese momento en que los niños se encuentran a sí mismos en el espejo es un instante de júbilo. ¿Qué pasó entonces? ¿qué pasó conmigo? ¿qué pasó con tantas?

Me recuerdo dejando de comer por periodos. En otros me recuerdo escondida vomitando lo que comía. Sobre todo recuerdo la cantidad infinita de tiempo que perdí pensando o conversando sobre cómo solucionar aquello que me devolvía el espejo a cada momento que lo usaba. Esto por no mencionar la cantidad de dinero que mi mamá invirtió en psicólogos y psicólogas especialistas en hábitos alimenticios y en trastornos asociados al autoestima.

Todo eso era lo mío. Lo personal. Pero tantas de mis amigas lo vivía también. Con distinciones, claro, pero no requiere mucho esfuerzo darse cuenta de que se trata de lo mismo. Hay aquellas que lo viven absolutamente al revés. Que aman lo que ven en el espejo, que lo acentúan, lo muestran, lo usan, lo gozan y lamentan que la del lado lo viva como lo viví yo. Que aconsejan al respecto y que felicitan a sus amigas que “lo logran”. Otras que deben invertir objetivamente la mitad de sus vidas en esto. Que cultivan su cuerpo y su belleza como trabajo part time y el logro asociado las llena de dicha.

Yo estaba viviendo así cuando fui al Primer Encuentro Sororo. Ahora lo siento como algo tan lejano y sin sentido, pero era así. Todos los días hacía ejercicios focalizados en “el” objetivo, comía poco y bien calculado, pesaba solo tres kilos menos que ahora, pero parecía más porque había tonificado mi cuerpo. Y además mi closet tenía la función de enseñar eso… Lo había llevado bastante al límite porque leía mucho menos, veía muchas menos películas, había modificado incluso lo que escuchaba, había transformado mis redes sociales en una exhibición de “mi forma” y había empezado a cultivar algunas relaciones humanas cuyo sustento espiritual, político e intelectual tenían el peso relativo de un diente de ajo. Y sin embargo, lo mismo… No había llegado a puerto.

Como con todo lo fundamental, incomoda. Alguna parte de ti te avisa que hay algo “mal puesto”. Hace mucho tiempo que #La Rebelión Del Cuerpo se me había aparecido como algo fundamental, pero aún no sabía cómo adecuarlo adentro mío. Fui, entonces, al Primer Encuentro con la cabeza y el corazón completamente abiertos, esperando entender algo, aprender algo, contribuir en algo. Sabía que sería fuerte, pero no tanto.

Suena obvio:

Llegué a una sala en la que todas las mujeres habíamos pasado por lo mismo. Suena obvio decir que todos, absolutamente todos nuestros cuerpos eran diferentes. Suena obvio que muchas habíamos tenido trastornos alimenticios. Suena obvio que todas éramos inseguras en algo de nosotras mismas (notoriamente o no).

“Lo personal es político”. Lo que vives tú, lo está viviendo tu compañera del lado. Lo que vives tú, lo está viviendo tu hermana, tu vecina, todas. Eso que lloras escondida, eso que te incomoda y no dices, eso de lo que hablas constantemente, eso que te preocupa prioritariamente, eso por lo que te validas, eso que buscas con uñas y dientes sin parar, eso que crees te hace “mejor”, eso que ves como un logro inconmensurable. Todo eso es personal, pero les pasa a todas. Si les pasa a todas, ya no es solo personal. Es también colectivo. Es, por lo tanto, un fenómeno social. Un fenómeno que afecta a un altísimo porcentaje de la población. Entonces es, sin duda, un problema político. Uno que produce y reproduce el sistema en el que vivimos.

Y entendí que aquello que me pasó en el camarín de una piscina y que cada una de sus consecuencias no eran culpa mía, ni de mi mamá, ni de esa niña. La culpa era del sistema y entonces se me apareció una nueva lucha política. Una más grande. Una con más fuerza.

Este sistema que nos deformó la mirada y nos cambió el cuerpo tiene una base principalmente económica. Sus medios son variados, pero la base está en lo económico. Así como ha ocurrido con la moda, ha ocurrido con los cuerpos y hoy una de las fases del capitalismo se sustenta en concebir a las mujeres como una consumidora fundamental. Ha cristalizado una cultura para venderle cualquier cosa que pueda acercarlas más a aquel modelo de belleza que les mostró como el más deseable.

Los estereotipos se basan en eso, el estereotipo existe, por supuesto, y depende de unas cuántas cosas que (restando la genética) requieren de gran esfuerzo, pero principalmente, de un gran bolsillo. Y la verdad ni siquiera dependen ya de ese gran bolsillo, porque hoy puedes reemplazarlo por un gran cupo en tu tarjeta de crédito y unas prioridades muy mal puestas (porque además algunas de ellas requieren de otra cosa muy capitalizada al día de hoy: tiempo).

La industria de la moda, el entretenimiento, la publicidad y tantas otras cosas que consumimos la mayor parte de nuestras vidas, voluntariamente o no, han instalado los cánones a los que debemos aspirar y han producido los estándares con los que tenemos que definir todos nuestros objetivos. Esto no solo tiene que ver con el cuerpo femenino, claramente, pero aquí me ocupo específicamente a ello.

Mientras más inseguras seamos, más consumiremos. Mientras más lejos estemos del estereotipo, más consumiremos.

Vivimos en un sistema que oferta para aquellas necesidades que derivan de nuestra inseguridad y nuestra disconformidad (creadas por los mismos que ofertan). Vivimos en un sistema que busca mostrarte lo lejos que estás del estereotipo para que inviertas más tiempo y dinero en ello. Más planes de ejercicios, más ropa deportiva, productos más rebuscados, más suplementos alimenticios, más vitaminas para mujeres, más pastillas que queman grasa, aceleran el metabolismo o reducen la retención de líquidos, más ropa (que cubra lo que no se puede ver o que muestre todo lo que logramos), más ingredientes de origen oriental que tienen esas propiedades que estabas esperando que alguna mierda tuviera para poder metértela a la boca…

Y ahí es cuando todo tiene sentido. La lucha no es contra mi genética, ni mi metabolismo, ni la forma de mi cuerpo, ni mi crianza, ni mi retención de líquidos, ni mi alimentación, ni mi estado físico. La lucha es contra un sistema económico macabro que nos ha minado a todes, que es grande y pisa muy fuerte.

En el Encuentro Sororo nos hicieron una pregunta que me dolió mucho, esta era si habían cosas que nos gustaban o queríamos hacer y que las habíamos dejado de hacer por inseguridad, por disconformidad con nosotras mismas… Pensarlo dolió porque la lista era larga y se constituía de asuntos cotidianos. Me avergoncé por dentro. Luego hubo que compartirlo con un grupo de mujeres desconocidas. Creí que no iba a ser capaz, hasta que ocurrió la magia.

Ya había escogido en mi cabeza qué diría. Me daba vergüenza decirlo, pero me parecía la más rápida de contar, quería salir rápido de eso. Primero habló otra chica, y ¡boom! Dijo exactamente lo que yo iba a decir. También lo dijo rápido, como en genérico, y cuando (bastante emocionada) le dije que iba a decir lo mismo, comenzamos a narrar los detalles. Todos los detalles.

Su “personal” era mi “personal” y entonces, teníamos un problema político que podíamos combatir juntas, pues el enemigo era común… Siempre fue común. Y luego vino esa frase de Nerea De Ugarte (2018)… Esa frase que enraizó mi acontecimiento:

“En un mundo que lucra con tu inseguridad, gustarte es un acto de protesta”.

Puente quemado y ya del otro lado. Eso es un acontecimiento, una modificación radical del status quo. Un suceso no planeado que transforma la realidad para nunca volver a ser la misma. Se dice que uno es “fiel” a los acontecimientos si es que realmente fueron acontecimientos (Badiou, 2004). Y aquí estoy yo, con más fidelidad que nunca, protestando todos los días: tratando de gustarme como soy. Preocupándome por primera vez de mi cuerpo como lo más maravilloso que tengo, pero queriéndolo única y llanamente: saludable, sano.

Este 8 de marzo va la huelga, va la memoria, va el homenaje, va la resistencia, van los puños en alto, los gritos de lucha y la sororidad ante todo, pero también va, sí o sí, la rebelión del cuerpo como acontecimiento.

 

Badiou, A. (2004). El ser y el acontecimiento.

De Ugarte, N. (2018). Gustarte es un acto de protesta. TEDxSantaCruzdelaSierraWomen, TEDx Talks. En: https://www.youtube.com/watch?v=dbGowHAaLtw

Lacan, J. (1971). El estadio del espejo como formador de la función del yo (je) tal como se nos revela en la experiencia psicoanalítica en Escritos 1. Obras completas en CDromm.

Mouffe, C. (2007). En torno a lo político. FCE. Buenos Aires.

Rancière, J. (1996). El desacuerdo. Filosofía y política. Nueva Visión. Buenos Aires.

Primera ola feminista. Tan lejos tan cerca

Por Tatiana Rojas

Pareciera ser algo tan lejano y superado. La denominada primera ola, logró llevar el feminismo al terreno del activismo, y efectivamente ganó espacios concretos, aunque no exclusivos y ciertamente inacabados. La lucha se centró en 4 demandas específicas: (1) el derecho a ejercer el sufragio; (2) derecho a ejercer cargos de representatividad y de alta responsabilidad; (3) el libre acceso a los estudios superiores y a todas las profesiones y (4) la posibilidad de una participación vinculante en la política nacional. Estas fueron las banderas de lucha de fines del siglo XIX y primera mitad del siglo XX para las mujeres. Sin embargo, matices más matices menos, estos espacios negados alguna vez en lo concreto, siguen siendo negados en lo abstracto, lo que hasta hoy se ve expresado a través del discurso y las prácticas cotidianas. Gestos, palabras o costumbres, sobre los que debemos afinar un poquito la mirada, para darnos cuenta que aún tenemos un largo camino por recorrer.

Aquello que se ha institucionalizado en la norma no ha sido igual en las costumbres y por muy escrito que esté, en leyes, decretos o instructivos, no muchos se detienen a identificar aquellas ausencias o presencias que hacen que las mujeres sigamos ocupando un lugar secundario en nuestras sociedades. En esa línea de análisis, debemos recordar que la sociedad es sumamente dinámica, sin embargo, las culturas en las que las sociedades se desarrollan, son bastante más estáticas. Es así, que aquello que parece ser importante y urgente de modificar, no será legitimado socialmente hasta que no haya pasado un periodo de prueba y error, donde nos caeremos y levantaremos muchísimas veces y no será hasta que haga sentido a la mayoría y que sea algo más allá de lo que se dice, que se instale a nivel de pensamiento y práctica, que habremos logrado un cambio. Una vez que algo no se cuestiona por la mayoría (jamás habrá acuerdos cerrados), entonces podremos hablar de un cambio cultural.

Veamos entonces, ¿por qué estamos en deuda aún, pasado más de un siglo?

  1. Las mujeres hoy ejercemos sufragio universal, pero parece haber una desventaja en cuanto a formación política o al menos en lo que se refiere al acceso a la información sobre los proyectos políticos de candidatos en competencia, por ejemplo. Se tiende a decir que la política es tema de hombres y que los intereses de las mujeres van por otros caminos. Todo esto reforzado por estereotipos en la escuela, por socialización en la familia, por la publicidad y medios de comunicación. El resultado, un bajo ejercicio de voto informado, sobre todo visto desde un análisis interseccional. Hemos entendido y asumido la importancia de nuestra participación en las urnas, queda pendiente analizar cuáles son los temas que nos mueven como electorado femenino.
  2. Las mujeres podemos ser electas en cargos de representatividad, pero las cifras aún muestran un desequilibrio numérico en las candidaturas según sexo. En 2017 se aplicó por primera vez la Ley de Cuotas o criterio de paridad de género, que incorporó un sistema proporcional inclusivo que favorece la representación de mujeres, pero sólo para el Congreso Nacional. Sin embargo, en esas elecciones, se pudo observar que las campañas electorales se enfrentaron en situación de desigualdad por parte de candidatos y candidatas, esto en cuanto a los aportes financieros estatales, a las posibilidades de préstamos con que cuentan las mujeres y a los aportes económicos destinados por los partidos. En este último caso, los partidos políticos se vieron emplazados a dar respuesta, nominando candidatas mujeres a través de una selección poco exhaustiva y tardía, lo que se expresó en poca preparación en el proceso y baja adhesión por parte de sus propios correligionarios. Quedó demostrado que no existe una cultura paritaria al interior de los partidos políticos, más allá de los discursos. Finalmente, aún falta avanzar en incorporar el principio de paridad de género en todos los sistemas de elecciones populares para dar mayor coherencia y menos excepcionalidad a la inclusión de mujeres en la competencia
  3. Hoy accedemos a la educación superior y no existe restricción explícita por áreas del conocimiento o carreras, pero se ha confirmado que mujeres y hombres se concentran especialmente en ciertos espacios, lo que a su vez marca el futuro ejercicio profesional. Los hombres concentran las matriculas predominantemente en el área de la tecnología y las ciencias, donde están las carreas más rentables (ingenierías). Por su parte, las mujeres presentan matrículas mayoritariamente en las áreas de la salud, ciencias sociales y educación, concentrándose en las carreras de enfermería, obstetricia, nutrición; educación parvularia y pedagogías básicas y en trabajo social. Aunque esta es una mirada gruesa de la situación, es efectivamente una tendencia y es un claro reflejo de lo que la sociedad nos impone: somos las cuidadoras por excelencia y nos han educado para ello.
  4. Por último, otra de las luchas de aquellos tiempos de la primera ola feminista, se refería a lograr una participación vinculante en política y a la posibilidad de ser nominadas para cargos de autoridad y toma de decisiones. Aunque existen ejemplos de ello, son sólo anécdotas, pues directorios, altos cargos y toma de decisiones siguen siendo espacios ocupados en muy baja proporción por mujeres, lo que una vez más responde a prejuicios, estereotipos y dogmas que establecen, implícita o explícitamente, para que están o no preparadas las mujeres. Hoy en Chile, después de 100 años de búsqueda de reconocimiento, se están implementando leyes y políticas para aumentar la participación femenina en estos espacios, respondiendo a una pujante demanda por parte de movimientos y organizaciones. Esto se suma a que cada vez hay más mujeres preparadas para ello, aunque los hombres aun no estén preparados para ceder espacios, paradoja que debemos revertir.

Vemos como los puntos centrales por los que lucharon nuestras predecesoras, en busca de ganar espacios de derechos para las mujeres chilenas, parecen tan lejos en el tiempo, pero siguen estando tan cerca, pues aún no contamos con su desenlace. Está claro que aquello que está en el papel, no necesariamente ha sido legitimado en la acción. La primera ola feminista concretó logros indiscutibles, pero hoy con otros énfasis, con otros protagonismos y reforzadas necesidades, aún tenemos deudas sin saldar.